Claves para bajar el ritmo en nuestras vidas

En una sociedad en la que lo que prima es la rapidez se puede acabar incrementando el ritmo por inercia, sin ser realmente consciente de ello.

Pero es muy difícil estar presente en lo que hacemos mientras nos ocupamos de mil cosas a la vez y nos preocupamos por otras tantas que tenemos pendientes.

El planteamiento de base de movimiento slow life es que el ritmo de vida actual en Occidente es insostenible e insano. Esto se manifiesta en una priorización absoluta del trabajo sobre el resto de aspectos de la vida; en un consumismo desatado que no quiere que reflexionemos nada, haciéndonos vivir a la carrera; o en la imposibilidad de detenernos a pensar en las cosas que realmente importan, lo que nos impide disfrutar plenamente de nuestro tiempo en el sentido más profundo de la palabra: nos impide disfrutar de nuestra existencia. 

Bajar el ritmo poco a poco ayuda a recuperar la conexión con uno mismo y con lo que realmente se desea.

Los siguientes puntos clave son una buena ayuda para conseguirlo:

1. No empezar el día con prisas. Levantarse con el tiempo justo para ducharse, desayunar algo rápido e irse a trabajar nos acelera ya desde primera hora de la mañana. Lo ideal es poner el despertador un poco antes y reservar algo más de tiempo para levantarse para así empezar el día con más calma, disfrutar del desayuno o simplemente de una ducha. 

Al principio puede costar pero a medida que pasa el tiempo, el cuerpo se acostumbra y lo que en un primer momento parecía un sacrificio se acaba convirtiendo en algo imprescindible.

2. Tomar conciencia de tu respiración. Fijar la atención en cómo el aire entra y sale de los pulmones es una de las formas más eficaces y sencillas de apagar el interruptor de las prisas. Se puede ser consciente de cada inhalación, de cada exhalación, de cómo el oxígeno entra en el organismo y alimenta a las células y órganos. Eso permite tranquilizarse, escucharse a uno mismo y conectar con el ser interior, acallando los ruidos de una mente hiperactiva cuyos pensamientos viajan entre el pasado y el futuro, pero difícilmente se ocupan del ahora.

3. Aburrirse de vez en cuando no viene mal. Disponer de un rato a solas para no hacer nada no es tarea fácil, sobre todo en un mundo en el que los móviles e internet nos mantienen constantemente conectados a los demás. 

Puedes hacerlo dándote un baño relajante, pintando, encendiendo unas velas, meditando o haciendo lo que más te guste. Durante el fin de semana se puede dedicar un poco más de tiempo a cultivar el sano placer de no hacer nada, por ejemplo limitando las horas frente al ordenador o la televisión.

4. Comer con conciencia. ¿Quién puede decir que nunca ha comido con el piloto automático encendido? Esto suele pasar porque hacemos otras actividades al mismo tiempo como ver la televisión, estar con el móvil, el ordenador, trabajando etc.

Para romper esta tendencia es importante centrar la atención en los sentidos. Los alimentos no solo se saborean con el paladar: también pueden disfrutarse con la vista, el olfato y el tacto

5. Trabajar con las manos. Las manualidades ayudan a centrarse plenamente en lo que se está haciendo, acallando el ruido de una mente demasiado activa. Hacer puzzles, pintar, hacer cerámica son algunos ejemplos de actividades que te ayudarán a desconectar. 

6. Trabaja para vivir y no vive para trabajar. Este me parece un punto muy importante.

El trabajo solo tiene sentido como medio de vida. Una vida más lenta no implica la vagancia o el rechazo al trabajo. El trabajo es importante porque nos sirve para realizarnos, nos permite vivir con bienestar y nos facilita conseguir nuestros proyectos vitales. Pero dicho esto, el trabajo no lo es todo. Siempre que podamos debemos saber desconectar del trabajo, tomarnos descansos periódicos y descartar las tareas innecesarias. Aplicando la filosofía slow al ámbito laboral, veremos que nuestra productividad se ve mejorada. 

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